DIVINE FEMININE

Numerosas culturas y credos han vinculado la energía femenina a virtudes como
el cuidado, la nutrición, la sutileza y la delicadeza. Virtudes denominadas como
opuestas a las aptitudes viriles vinculadas al poder, la reacción, la templanza y la
beligerancia. En esta sinergia de energías opuestas, la masculinidad obtuvo una
hegemonía que le permitió tallar el mundo a su imagen y semejanza, dejando a la
feminidad junto con sus aptitudes creativas en significativa desventaja.
 
Simone de Beauvoir alguna vez dijo que la representación del mundo, al igual que
el mundo en si, está esculpido por los hombres; ellos lo describen desde su propia
perspectiva, la cual confunden con la verdad absoluta. Planteándolo de otra
forma, la interpretación masculina del mundo es reduccionista y totalizante. Lo
femenino en consecuencia, fue condenado a aceptar semejante osadía y a tomar
por sentado esas inercias para hacer de la existencia más llevadera.
 

El mito de la Venus y su nacimiento, por ejemplo, nos demuestra la cautivación
que éste generó en artistas, varones por supuesto, inspirándolos a plasmar en
sus obras la imagen femenina que consideraban como ideal. Incentivando a que
otros hombres continuaran este linaje de determinar cómo se debe ver la
feminidad, mientras que irónicamente castigaban y cuestionaban la expresión de
ésta como emocional y poco racional.
 
No obstante, la Venus es un símbolo del renacer personal que trae consigo la
virtud de la feminidad. Nos invita a reafirmarla y abrazarla en su máxima
expresión, sin necesidad de juzgarla ni compararla, aceptándola en sus
multiplicidades. Nos recuerda que la feminidad en su máxima expresión permite
celebrar la diversidad de experiencias y expresiones femeninas, lo que a la vez se
convierte en una herramienta para navegar este mundo varonil y hostil de una
manera más amable y compasiva.
 
Tras años de subordinación y de ser definida por la mirada masculina, la
feminidad, al igual que el mito de la Venus, emergió de las sombras de las
incrustadas construcciones sociales que la habían hecho creerse menos,
haciéndola renacer por medio de su vigor interior. Emancipándose a través de las
respuestas en su interior y encontrando fortaleza en sus propias cualidades y
aptitudes que la hacen energía creativa y divina.
 
Usando como talismanes aquellos símbolos que la sociedad hetero-patriarcal
señaló como negativas, la feminidad transformó estos estigmas en neologismos
de poder y sabiduría, desafiando así las narrativas establecidas, reclamando su
propia voz y legitimándose como fuerza natural y vital.
 
Al volver a sí misma, la feminidad descubrió en la reflexión y en la soledad no un
vacío, sino un vasto océano de posibilidades, de fuentes inagotables de
inspiración, nutrición emocional y una marea de fortaleza interior que la impulsó
hacia adelante. La soledad se convirtió también en un espacio sagrado para
anclarse en sí, para explorar sus propios deseos y sueños sin las inercias que
antes la habían nublado.
 
La feminidad, lejos de ser una prisión impuesta, se convirtió en un vehículo de
desafío y resistencia. Al celebrar estas cualidades tradicionalmente asociadas
con lo femenino, la feminidad desafía activamente las normas de género y
reclama su derecho a iluminar y expresarse en multiplicidad y plenitud.
 
En un contexto donde los discursos de odio y polarización han propiciado un
clima de hostilidad e incertidumbre, la feminidad vuelve a emerger de la espuma
marina para ser la brújula que señala el camino hacia la resiliencia y el
autoestima. Al honrar sus cualidades y energía, la feminidad nos recuerda la
importancia de enfrentar los desafíos de la vida con gracia, determinación y
buscando la respuesta en nosotras mismas. Como la Venus, podemos renacer y
reafirmarnos a través de la compasión y aceptando nuestras múltiples facetas.